martes, 11 de abril de 2017

'ZONA HOSTIL'. '¡Firmes!'



CRÍTICA DE CINE

'Zona hostil' (Adolfo Martínez. España, 2017. 93 minutos)

Abre ‘Zona hostil’ con la etiqueta de ‘basada en hechos reales’ y se despide con un tributo a los militares españoles fallecidos en Afganistán y agradecimientos varios a múltiples unidades del ejército. Ambas estampas encierran las claves que descifran las coordenadas de esta muestra de cine bélico propagandístico al que en el cine español no se está demasiado acostumbrado. Rareza, por lo tanto, amplificada por la eficacia con la que el cineasta mexicano curtido en Hollywood Adolfo Martínez se ha manejado. 

Hay que tener clara esta situación para posicionarse ante lo que se va a ver de inicio. ‘Zona hostil’ derrocha medios y puesta en escena para conformarse como un más que digno entretenimiento. Puntúa muy alto por el lado de producción y, aunque el guion intenta profundizar en los personajes, rápidamente se demuestra que era innecesario. Todos son planos y esos apuntes familiares solo sirven para ampliar minutaje y, en algún caso, provocar sonrojo (la medalla del teniente). Entre clichés, ensalzamiento de la Legión y una nada disimulada referencia a ‘Black Hawk derribado’, ‘Zona hostil’ se ubica como un producto que sabe mantener la tensión y con unas escenas de combate, especialmente las nocturnas, rodadas con pulso. 

Es importante tampoco dejar pasar, como ocurría con aquellas películas norteamericanas de hace casi un siglo, el binomio que esboza ‘Zona hostil’ de buenos-malos. El enemigo aquí viste túnica y barba y se desconocen motivaciones, solo se advierte su salvajismo. El peligro de equiparar misión humanitaria con intervención militar es otra constante que se mantiene lo largo del filme y que no se debería obviar. Esa tendencia dual sale a relucir en un balance general. El paso delante que supone ver cómo se produce dignamente un ejemplar de género bélico (todavía colea la serie 'Los nuestros') se contrarresta con la lectura patriótica y publicitaria de su contenido, más propia de tiempos pretéritos. 

RAFAEL GONZÁLEZ

domingo, 9 de abril de 2017

'CÓDIGO DE SILENCIO'. Cabezas huecas



CRÍTICA DE CINE

'Código de silencio' (Gerard McMurray. Estados Unidos, 2017)

Llamativo lo rápido que Netflix ha alcanzado en tan poco tiempo un rango de productor y contenedor cultural de primer nivel. Ese sello de privilegio no ensambla todavía con las exigencias descontroladas del público 3.0, apetencias que no dejan de solicitar material, lejos de saciar. En ese ritmo de producción vertiginoso en el que está instalado el canal aparecen con cada vez mayor frecuencia trabajos que bajo su logo y marca de sofisticación apenas desvelan un tono telefilmero de media tarde. ‘Código de silencio’ es el ejemplo, un largometraje que bajo la arrogancia sobre la que se presenta, película que desenmascara los procesos de iniciación a una fraternidad universitaria, no es más que una suma de situaciones que no abre los interrogantes que debería. ¿Qué lleva a un joven a sufrir todo tipo de atrocidades para entrar en un grupo de estas características? Solo hay una escena que da la medida, fugaz pero reveladora y donde se vislumbra la profundidad que podría haber alcanzado esta propuesta. Es cuando los aspirantes torturados telefonean a sus tutores, antiguos miembros de la fraternidad hoy ya profesionales acomodados. Estos les reiteran las bondades de lo que vendrá después y, desde su posición de privilegio, les piden que resistan lo que solo parece una insensatez fruto de la inmadurez.

Hasta entonces, ‘Burning Sands’ sigue los protocolos del filme universitario de novatadas, silencios que no lo son y personajes tan planos con los que resulta espinoso empatizar ante su falta de cuestionamiento por lo padecido. Tan solo hay una acumulación de humillaciones al más puro estilo ‘La chaqueta metálica’ kubrickiana, autoimpuestas y sin que apenas haya espacio a las motivaciones de estos jóvenes, más allá de algún esbozo a modo de herencia familiar. Tampoco hay rastro de la comicidad de aquellas propuestas ochenteras de género y no asoma el dramatismo de ruptura generacional que hay en otras similares. 

Los personajes principales no alcanzan singularidad y los secundarios aparecen desdibujados. Es de lamentar que tampoco se haya incidido en el tema racial ni el papel jugado por las chicas, reducido a dos personajes muy superficiales. Si el objetivo era dar luz al catálogo de salvajadas sufridos por estos jóvenes se ha conseguido, pero si se trataba de ir más lejos de lo que a pesar de la clandestinidad de este tipo de situaciones ya se sabe, el trabajo de Netflix se queda en la coraza, sin que pinche ni provoque reflexión alguna. Hueco, como la cabeza de estos jóvenes. 

RAFAEL GONZÁLEZ

miércoles, 5 de abril de 2017

'LA CASA DE LA PAZ'. Retrato preciso de la falta de esperanza



CRÍTICA DE TEATRO

'La casa de la paz'
Autor: Lothar Kittstein
Versión libre: Juan Reguilón
Dirección: Nuria Pérez Matesanz
Nave 73 (Madrid)

Tres soldados alemanes con su pasado a cuestas se dan cita en un lugar tan ignoto como atrayente. Todo se debe a una avería de su Jeep y a su reparación, lo que les hace estar lejos de cualquier lugar. Con esta premisa comienza el juego de tomar conciencia de lo que les sucede. La puesta en escena de Nuria Pérez Matesanz es inteligente y consigue que la tensión que ya de por sí marca el texto se vea reforzada por unas intenciones muy claras que nunca resultan impostadas. La falta de aire que va acompañando a las acciones tiene en el espacio sonoro, la escenografía, el vestuario y la iluminación unos aliados que recrudecen ese viaje a los infiernos. 

El trío protagonista está lleno de contradicciones que resultan imprescindibles a la hora de identificar quiénes son y en qué momento vital están. Ese Jeep averiado no deja de ser una excusa para que cada uno de los protagonistas saque ese 'yo' que le acompaña y sobre el que apenas habían podido reflexionar. El hecho de que uno de los personajes sea una mujer dulcifica  y evoca cierta ternura que florece en los tres soldados. La añoranza, la homosexualidad, el deseo, cierta ilusión, la pasión, el miedo y la disciplina son los elementos que se  alternan y evolucionan en ese viaje emocional por el que transitan los soldados. La ilusión siempre viene por Marie, el personaje femenino -excelente y entregada Lucía Casado-, que es un claro contraste con Jost y Lorenz, ya desgastados y en ocasiones timoratos en lo que es su situación personal. El alcohol sirve también para dar salidas a esas angustias que acompañan, fundamentalmente a Jost, que por momentos parece asumirse en lo que fueron sus deseos. La ensoñación tiene una participación determinante cuando se trata de rasgar el pasado y los personajes tan ligados a la realidad se ven inmersos en esas añoranzas y esos anhelos tan alejados de lo que la propia Marie puede sentir. Es en ese contraste donde la pieza alcanza grandes momentos que sirven para constatar que la motivación de cada personaje es muy diferente pero a su vez están íntimamente ligadas. 

La fuerza del subtexto siempre aporta y más cuando cada personaje va despojándose de la máscara que posee. Esta riqueza vital es la que asoma en esos momentos de flaqueza. Los tres actores defienden muy bien sus roles. No importa que alguna vez se empleen tonos demasiado agresivos dado que son personas que tienden a vivirlo todo con mucha intensidad. La adaptación, dentro de su corrección, mantiene algunas frases que se podrían considerar demasiado educadas o literarias y más si se atiende a la tensión del instante. Nuria Pérez formula en las transiciones un elemento más de tensión para que la obra avance y nunca se estanque. ‘La casa de la paz’ es un montaje atrevido, realizado con talento que disecciona la falta de esperanza con toques de ilusión. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

lunes, 3 de abril de 2017

'IN MEMORIAM. LA QUINTA DEL BIBERÓN'. Estatuas en las trincheras


Ros Ribas

CRÍTICA DE TEATRO

'In memoriam. La quinta del biberón'
Autor y dirección: Lluís Pasqual
Coproducción Teatre Lliure y Temporada Alta
Teatro María Guerrero (Madrid)

'In memoriam. La quinta del biberón' trata de rendir homenaje a todos aquellos adolescentes que con apenas diecisiete o dieciocho años fueron llamados a filas por el Ejército de la República en 1938 tras el derrumbe del frente de Aragón, puesto que fue tal el desplome que ya no había casi adultos para completar las bajas.

Homenaje justo y necesario, puesto que estas levas fueron llevadas a la Batalla del Ebro, una de las más cruentas y crueles de la Guerra Civil, y los que sobrevivieron sufrieron exilio o represión al finalizar la guerra.

El problema es qué haces con el homenaje, cómo lo tratas. Decía el protagonista de la obra 'Ragazzo', vista recientemente en el Teatro del Barrio, que no quería que le convirtiesen en una estatua, en un busto como homenaje, que eso sería acabar con la vida que fue. Y es en esa trampa en la que cae esta obra. Vuelve a sus protagonistas de piedra, los fosiliza, los uniforma y les niega en el escenario la vida que pudieron tener.

Lluís Pasqual intercala a los protagonistas, una serie de chicos recién llamados a filas de dos formas: en las trincheras, juntos, jugando, discutiendo, en una parte más teatral. Y otra, casi metatreatal, dónde se dirigen al público.

En esa parte de las trincheras donde parecen tener más libertad y se vislumbra a esos jóvenes, con sus miedos, sus bromas, sus personalidades. Aquí la obra funciona, con unos diálogos con mucho ritmo. Refleja la cotidianidad de su vida en las trincheras con sus miserias y sus momentos divertidos.

Sin embargo, cuando los saca de ahí, todos los personajes reaccionan igual, son reducidos al lamento, todos lloran y la guerra les cambia del mismo modo. Aquí el montaje se hace repetitivo, tedioso y poco creíble, más cuando apela continuamente a la empatía del espectador, a su lágrima. Sensación que se acrecienta con el espacio sonoro, unos músicos en directo no muy bien justificados salvo por su buen hacer.

Tampoco ayudan los numerosos cortes realizados por las proyecciones y una voz en off que intentan recrear y explicar la situación de la época (hay que preguntarse si la última proyección que coloca a Franco y a Negrín en el mismo plano es un error o una decisión meditada). Quizá no sea necesaria tanta explicación y tanta aclaración en lo que es, ya de por sí, un texto que abusa de lo narrativo.

Hay que destacar el uso de la escenografía, sencilla, apenas unos bancos grandes que sirven para formar trincheras o una taberna.

Un homenaje fallido, pensado como un formalismo institucional, que busca emocionar al espectador por la vía fácil (lo de pedir un minuto de silencio en un teatro en silencio, daría para un tratado de sociocrítica) y que deja escapar la potencialidad vislumbrada en algunos momentos. 

BENJAMÍN JIMÉNEZ DE LA HOZ

lunes, 27 de marzo de 2017

'EL LOCO CANDELAS'. En continua búsqueda



CRÍTICA DE TEATRO

'El loco Candelas'
Texto y dirección: Álex Céspedes
Lugar: CCIC La Tortuga (Madrid)

Álex Céspedes se moldea un personaje a su antojo para conseguir exponer con mucha disciplina y humor de lo que fue ese universo hippie de los años setenta. 'El loco', un individuo al que uno no debe tomar demasiado en serio, disecciona el mundo para proponer reinventarlo. Su locura puede evocar a la de Hamlet, por ser la misma muy cuerda. No importan sus desvaríos ni sus virajes singulares en lo que propone.

Con la música como motor, Céspedes demuestra tener talento para modular su voz e insertar diferentes números musicales -con guitarra a cuestas- para que la historia evolucione. La ayuda de otro guitarrista -a modo de Chamán- en escena, ayuda a que todo resulte mucho más palpable y contundente sin que por ello se asista a ninguna lección moral. 'El loco' seduce a la audiencia para guiarla por terrenos oscuros y de todos conocidos. Su estrategia vital es contagiosa y propone replantear la rutina y llevarla por unos caminos no tan oscuros aunque sí discutibles. Un modo de vida que casa maravillosamente bien con la propuesta escénica. Se respira cambio y evolución continua. La mística está siempre presente y no exenta de cierto humor malicioso pero efectivo. ¿Pero quién es Candelas, un loco, un sabio, un tonto? Quizá todos en uno. Espectáculo dinámico y en constante crecimiento que sirve para constatar que Álex Céspedes es un actor sin miedo y talentoso. El espectáculo sería más efectivo  aún si se prescindiese de la música externa. Con ambos “locos” sobre el escenario ya hay función. Pues que dure.

ANDRÉS REVENGA

domingo, 19 de marzo de 2017

'AFTERIMAGE' / 'PAULA'. De lienzo a lienzo

CRÍTICA DE CINE

'Afterimage' (Andrzej Wajda. Polonia, 2016. 98 minutos)

'Paula' (Christian Schwochow. Alemania, 2016. 123 minutos)

Coinciden en cartelera francesa dos largometrajes dedicados a pintores del siglo XX, biografías en apariencia distantes a las que no es complicado hallar puntos en común. Las dos excavan en los fantasmas del artista incomprendido, reivindican la perseverancia de los ideales aunque parezcan no llevar a ningún lado y, al final, subrayan la pintura como vehículo de expresión al exterior y única salida en ambientes que denigran lo individual. 

‘Afterimage’ es la última película que rodó Andrzej Wajda antes de morir. Es otro brochazo al extenso lienzo en el que el cineasta polaco ha ido retratando la historia de su país y el discurrir de algunos de sus ciudadanos más ilustres. El retrato de los últimos momentos del pintor Wladyslaw Strzeminski es sin duda uno de sus mejores trabajos de la última hornada, un fiel representante de su estilo llevado con sumo cuidado y resuelto con acierto. Dibuja Wajda la grisura de ese postrer y largo aliento de un artista que se negó a seguir el camino marcado. La primera escena ya define lo que vendrá a continuación, con ese telar con la imagen de Stalin que cubre y enrojece la vivienda en Lodz del reputado pintor de vanguardias. Su reacción al romperlo y reencontrarse con la luz le llevará a ese primer choque con las autoridades comunistas. ‘Las flores rojas’ se ubica en los primeros balbuceos de la Polonia de los años 50. Es fiel a ese cine rocoso y pétreo de Wajda, siempre con ánimo de perdurar y sin resquicios para nada que no sea el drama. Secuencias breves y hasta cierto punto repetitivas, con Strzeminski rechazado allá donde va. De ser un artista admirado y con notoria presencia en museos nacionales a ser ninguneado. Pesa el desdibujo en algunos secundarios y se echa de menos conocer algo más de su esposa, Katarzyna Kobro, un figura de la que solo se escucha y no se sabe. Wajda, en definitiva, sabe hacer interesante y universal un relato encerrado en un contexto muy determinado. Esquiva el cliché del artista maldito con la inclusión de esas escenas de admiración de los jóvenes pupilos de Strzeminski, así como con la compleja relación establecida con su hija, contado con fino pincel. La prolija filmografía de Wajda se cierra así con un digno retrato, otro más, de su país del siglo XX a través de la biografía de uno de sus personajes más conocidos. 

En el caso de Paula Becker su problema no vino por las diferencias ideológicas con su contexto, primeros años de siglo XX, sino que procedía de ese destino ya fijado para la mujer antes de nacer. La pintora alemana se veía a sí misma con un ser libre en un entorno contaminado por los prejuicios de género. No es la suya la historia de una pionera al frente de una revolución y eso lo narra bien Christian Schowochow. Es el relato de una mujer rebelde que finalmente se acopló como pudo a un sistema en el que nunca terminó de encontrarse cómoda. Huyó en primera instancia para finalmente terminar abatida cuando todo parecía ponerse otra vez de frente. 

El filme se centra en su matrimonio con el también pintor Otto Modherson, la aburrida vida en provincias y su posterior marcha a París buscando sacar fuera la frustración acumulada. A la bella fotografía trufada de colores alegres se opone esa oscuridad acechante e invisible en continua pugna con el carácter juvenil de la protagonista. ‘Paula’ recorre con eficacia los puntos de control de un biopic al uso, a la velocidad adecuada y midiendo bien los extremos. No hay lugar a la ruptura o ni a un profundo subtexto, lo que hace de este trabajo un perfecto acercamiento a una pintora por muchos desconocida y que dejó huella, como se puede verificar al tratarse de la primera mujer a cuya obra se dedicó un museo por completo, el que hoy en día está abierto en Bremen.

RAFAEL GONZÁLEZ TEJEL

martes, 7 de marzo de 2017

'CÓMO DEJAR DE ESCRIBIR'. Ideas difuminadas


 

CRÍTICA LITERARIA

'Cómo dejar de escribir'
Autora: Esther García Llovet
Editorial: Anagrama
Páginas: 128 
Año: 2017


La nota introductoria que ha incluido Anagrama en la que se explica que el jurado aconseja su publicación es un arma de doble filo. Esa recomendación se ve condenada por un resultado que no acompaña al entusiasmo exhibido por los miembros del jurado. El texto que ha realizado Esther García Llovet no pasa de ser una idea interesante pero con un desarrollo poco jugoso. Los ecos a Roberto Bolaño revolotean en ciertos planteamientos pero se quedan en unas enunciaciones sin aportar gran cosa. 

La búsqueda por parte de Renfo de ese manuscrito que dejó sin publicar su ya fallecido padre –escritor latinoamericano de renombre- llega a tener poca consistencia, al igual que la supuesta obsesión por la escritura. Todo se esboza sin más aplomo que el que puede proporcionar la curiosidad. El padre, el hijo que sigue su rastro y no le reconoce. El pasado. Dudas en una realidad que se tambalea tras esa sombra que es la del gran escritor que fue su padre, el gran Ronaldo. Renfo acompaña esa búsqueda con un desengaño desolador y un lamento vacío. La irrupción del abuelo tampoco aporta grandes cosas, alguna frase en la que se critica la escritura, las putas y una relación fría con la familia. Las ilusiones, el no hacer prácticamente nada y el pasado o lo que pudo ser sin un por qué claro. Solo la huida es la solución, pero ni siquiera ésta se expone de un modo convincente.

La prosa de Esther García Llovet es hábil y su texto se lee de forma placentera aunque su contenido quede varado en unas intenciones no resueltas.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

miércoles, 1 de marzo de 2017

GARETH EVANS. El director que todos querríamos llegar a ser

OPINIÓN

Llegué al cine del galés Gareth Evans (Hirwaun, 1980) a través de su película 'The Raid: Redemption' (2011), mal titulada aquí, en España, como 'Redada Asesina'. Digo esto de mal titulada, sobre todo, por la chanza a la que puede dar lugar un título tan macarra. Sí, es verdad, el título es macarra, al igual que son macarras algunas de sus escenas. Bueno, más que macarras, yo diría que son macabras. Violentas, muy violentas. Hiperviolentas algunas. Otras se adentran en el terreno del “gore” más extremo. Pero por encima de todo, lo que más me impresionó cuando vi la película fue que, aunque era eminentemente una cinta de acción, encima me encontraba ante una muestra del mejor cine, es decir, era cine del bueno. Estaba/está bien realizado, magníficamente dirigido, mejor fotografiado y espectacularmente coreografiado. Para constatar esto último que comento, no hay más que echar un vistazo al abrumador listado de selecciones oficiales y premios importantes que recibió el film en festivales de reconocido prestigio internacional como Sundance, Cannes, Toronto, Sitges, Estocolmo, Busán, Ámsterdam, Dublín, Palm Springs… Para entender las dimensiones de sus logros, no hay que olvidar nunca que 'The Raid 1' (forma en que es conocida por los ‘frikifans’ más recalcitrantes, entre los que me encuentro) es una pura y dura película de artes marciales, con sus puñetazos, patadas, roturas de huesos y luxaciones típicas, y que, además, cuenta con una trama muy sencilla: una tropa de asalto de fuerzas especiales de la policía de Yakarta entra en un edificio de mafiosos a hacer una redada, sin tener en cuenta que el jefe de estos tiene su cubículo en la última planta y les observa por un circuito cerrado de televisión. Los agentes quedan atrapados a merced de los más despiadados mercenarios y asesinos. Como no pueden bajar y salir del edificio, ya que todas las salidas posibles han sido bloqueadas mediante puertas blindadas, no les queda más remedio que ir subiendo planta a planta, hasta llegar por fin a la última, para detener al jefe que da instrucciones a través de megafonía a sus sicarios.

Lo siguiente que vi de este director fue 'The Raid 2: Berandal' (2014). Obra que, como su título indica, es la segunda parte de 'Redada Asesina'. Y si bien la primera me gustó mucho (muchísimo), la continuación me pareció una puñetera obra maestra. El galés no sólo se superó con esta película, sino que entró en el Olimpo de mis grandes directores favoritos por varias razones. La primera de ellas, la duración de la cinta. Mientras que 'The Raid 1' no llegaba a las dos horas (duraba unos cien minutos), esta segunda parte se iba fácilmente a las dos horas y media. Sin cansar ni aburrir en ningún momento, que ya es mucho. La segunda razón es el guión, que en esta tiene mucho más fondo, profundidad y calado. La película empieza justo inmediatamente donde terminó la anterior. El protagonista, un policía que sobrevivió a la matanza del edificio, se tiene que infiltrar en la peor banda de mafiosos de la ciudad para intentar desarticularla desde dentro. Para ello, tiene que hacerse pasar por delincuente, empezando por entrar en la cárcel, donde debe conseguir hacerse amigo del hijo del jefe de dicha banda. Y el tercer motivo por el que considero un maestro a este realizador es la puesta en escena. Es destacable el desarrollo de la película por secuencias de acción completas, como si de capítulos individuales de la trama se trataran. Como en las grandes películas de la historia del cine, es fácil desglosar el film en escenas enumerándolas por su temática: “la pelea en el barro en el patio de la cárcel bajo la lluvia”, “el asesinato de uno de los jefes mafiosos en una sala de fiestas”, “la persecución en coche por las calles de Yakarta”, “el montaje en paralelo del inicio de la guerra de bandas”, “el asalto final al cuartel”… Sin olvidarnos de la magnífica caracterización de personajes, principales y secundarios, como el asesino del pelo largo con rastas (quien tiene, por cierto, una muerte gloriosa y bellísima bajo la nieve al compás de la mejor música clásica), la chica de los martillos o el chico del bate (que nos recuerdan a los personajes estilo cómic que Tarantino mete en sus Kill Bill).

No en vano, en algunos círculos 'The Raid 1 y 2' son conocidas como 'El Padrino de las yoyas'. 'The Raid 1' es a 'El Padrino', lo que 'The Raid 2' es a 'El Padrino 2'. Con la particularidad de que, (y estoy seguro que más de uno me querrá linchar por esto que voy a decir a continuación) mientras que a mí las películas del Padrino nunca me han vuelto loco (también es verdad, que las vi ya de mayor y se me hicieron muy largas, tediosas y pesadas), con las dos partes de 'Redada asesina' disfruto como un enano y las puedo ver una y otra vez sin cansarme.

Intentando ya ver todo lo que había hecho Evans, leo su biografía y me entero como un joven galés director de documentales se traslada a Indonesia para rodar un reportaje sobre el arte marcial Pencak Silat, y queda maravillado por la técnica y por un jovencísimo alumno llamado Iko Uwais, quien a la postre acabará siendo el protagonista de todas sus películas.

La primera de ellas es 'Merantau' (2009), película indonesia rodada con un bajísimo presupuesto y que fue un gran éxito de público en su país de origen. La historia que cuenta es sencilla, pero quizás ahí radique su grandeza. En un pequeño pueblo de Sumatra, un joven practicante de Silat, deja su idílica vida en el campo con su familia que se dedican a la agricultura para realizar su “Merantau” personal. Un rito antiguo por el que los jóvenes deben abandonar las comodidades de su hogar para irse a sobrevivir a la capital. Con un final, cuanto menos sorprendente, para una película de acción, la cinta le sirvió para conseguir financiación para su siguiente proyecto, 'The Raid'.

Lo último que he conseguido ver de él, y lo último que ha realizado hasta la fecha, es un cortometraje de apenas cinco minutos de duración que ha colgado gratuitamente en su cuenta de YouTube, que se titula 'Pre Vis Action' (2016). Es algo que rodó en tres días de verano en un bosque de su Gales natal acompañado sólo de tres actores y de un técnico de sonido. Lo hizo como divertimento y, según explica en su cuenta de Twitter, en parte por las ganas de rodar algo después de dos años sin coger una cámara (a la espera de concretar su nuevo filme, que será la tercera parte de 'The Raid'), y en parte como prueba para ver si era capaz de filmar una escena de lucha apta para todos los públicos sin mostrar una sola gota de sangre (tiene un hijo pequeño, y quería enseñarle a lo que se dedica su padre). Para ello rodó un corto en blanco y negro, manejando él mismo la cámara y montándolo posteriormente (magistralmente, como es normal en todas sus producciones), en el que la máxima es una lucha a espadas entre tres samuráis, dos hombres (los malos) y una mujer (la buena).

Nada más que decir, sólo que si sois realizadores en ciernes y lleváis un tiempo sin rodar nada (bien por miedo escénico, bien por falta de medios) os aconsejo que visionéis lo último de Gareth Evans (no confundir con Gareth Edwards), y flipéis en colores con su pequeña pieza en blanco y negro. Sobretodo, para ver lo que se puede hacer hoy en día con dedicación y muy pocos medios.

SALVADOR GUERRA