domingo, 23 de julio de 2017

'LA VAGA AMBICIÓN'. Sin la crueldad que puede suponer la creación




CRÍTICA LITERARIA

'La vaga ambición'
Autor: Antonio Ortuño
Editorial: Páginas de Espuma
Páginas: 118



A Antonio Ortuño no le ayuda especialmente la sinopsis de la contraportada, que es excelente, pero tiene muy poco que ver con lo que se desarrolla en las páginas. La escritura de Ortuño es poderosa pero las tramas que acompañan a algunos de los relatos no resultan compactas. No importa que el protagonista sea el mismo en casi todos los relatos, no existe ese empaque de cohesión necesario para que formen parte de una vida. Es cierto que hay referencias, pero las mismas carecen de la fuerza suficiente. A veces no sirve con repetir nombres o mentar a los mismos familiares.

Se echa en falta el dolor que puede provocar en ocasiones la escritura. Ortuño juega con él, pero tampoco termina de rematar la faena. El subsistir por la escritura o por los satélites que la acompañan, sí aparece. Redunda en ello, fundamentalmente con los talleres literarios, pero tampoco se ofrece algo que case con lo que puede suponer la asfixia de no llegar a fin de mes. El protagonista y su mujer componen un mundo muy esnob y sus necesidades siempre son excesivas y difíciles de satisfacer. Esa parte de autocrítica es divertida.

Valorando los relatos, se puede remarcar el impactante golpe de efecto que posee el primero, ‘Un trago de aceite’, y cómo Ortuño no cae en lo sencillo para retratar algo macabro. Muy hábil la redacción y el modo en el que todo se relaciona para generar una herida que jamás podrá olvidarse, pero sí escribirse. ‘El caballero de los espejos’ es una sugerencia curiosa, como casi todas las que tienen al Quijote por bandera. Posee elementos crueles con la venganza sutil como telón de fondo. ‘Quinta temporada’ es un relato en el que sí se aprecian las dificultades para llegar a fin de mes -no olvidar las particularidades snobs de los personajes-. La llegada de esa oferta para trabajar en un serial famoso, el proceso de trabajo y la repercusión del éxito. Relato formado por pequeños capítulos que, aunque no son regulares en el argumento, sí reflejan diversión, mala leche y escritura a cualquier precio. ‘Provocación repugnante’ puede ser el más notable de todos. Jugar con los personajes y las ideas es llamativo. Falta algo de pegada en la trama, pero sugiere algo diferente en todo ese bosquejo de personalidades e ideas. ‘El príncipe con mil enemigos’ posee dos partes bien diferenciadas. Por un lado, la anécdota de un escritor y un suceso que le acontece y, por otro, el dolor de la pérdida. Es en este punto donde el relato alcanza mayor consistencia y disecciona retazos de rabia, impotencia, pasado y escritura. La combinación de ambos elementos no termina de funcionar, pero solo por ese aspecto tratado en la relación con la madre ya merece la pena. ‘La batalla de Hastings’ es otra mezcla de escritura, efectos del alcohol, talleres y elucubraciones, pero las mismas no se redondean. Hay una cierta desidia argumentativa que termina varando los buenos pronósticos del planteamiento inicial.

‘La vaga ambición’ se lee bien, pero ofrece mucho menos de lo que puede llegar a dar un talento como el de Antonio Ortuño.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

viernes, 14 de julio de 2017

'WILSON'. Reinventando con criterio comercial



CRÍTICA DE CINE

'Wilson' (Craig Johnson. Estados Unidos, 2017. 94 minutos)

La radicalidad que suelen poseer las historias de Daniel Clowes ha sido limada al adaptar su novela gráfica a la gran pantalla. Es capaz de tomar el original y dulcificar instantes sin que por ello la historia deje de poseer la fuerza que ya tenía en la novela gráfica. Conviene matizar que este viaje ha debido tener mayor aceptación en el público americano que la que había tenido el cómic. Clowes es un creador tan inteligente como contundente a la hora de radiografiar ciertas situaciones. La adaptación que ha escrito ha matizado todo ese comienzo ligeramente deslavazado que poseía la historia para dotarlo de una unidad dramática más convencional. 

Al propio protagonista le transforma en una persona con muchísima más humanidad. Es un pobre hombre que asiste a lo que le sucede en la vida. Se echa de menos esa maldad y ciertos instantes en los que el humor negro que poseían sus palabras dotaba de una negrura única. La película se aleja de esa radicalidad, pero no de un modo extremo. Lo transforma en un humor más convencional y lima asperezas. Lo grotesco ocupa un segundo lugar, pero los actores realizan un trabajo sobresaliente. Con un extraordinario Woody Harrelson a la cabeza toda película funciona. El impacto y esa humanización del personaje tienen más calado en esa aventura por la que transita en busca de algo que no sabía que poseía. Se descubre como alguien que no conocía.  El reencuentro con su exmujer, personaje encarnado por la siempre deliciosa Laura Dern, posee más humor que dolor. Esta parte, aunque funciona, resta tensión del original. Lo mismo sucede con la hija. Estas licencias que se ha consentido el propio autor no dejan de ser una relectura de su obra. Borges lo hizo en múltiples ocasiones. 

‘Wilson’ es una película divertida y arriesgada, pero no tanto como el cómic. La dirección es simplemente correcta. La propia historia hubiese necesitado de una puesta en escena más arriesgada para que todo tuviese un calado mayor. Historia de perdedores en las que en ocasiones encuentran algo. Aunque no es nuevo ese positivismo final que imprime a sus historias últimamente, se añora cierta crueldad de un autor único.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

martes, 11 de julio de 2017

'MAUDIE'. Coloreando libertad



CRÍTICA DE CINE

'Maudie' (Aisling Walsh. Canadá, 2016. 115 minutos)

Aparecen últimamente con asiduidad en cartelera películas centradas en un personaje femenino, de profesión artista, tormentosa biografía personal y que hace del rechazo al papel prefijado por la sociedad del momento el núcleo de lo expuesto en pantalla. Ha pasado a tendencia lo que debería ser algo que no llamara la atención, se verá si no se enclaustra en un subgénero o se trata exclusivamente de moda fugaz. Hace bien poco el cine reivindicó la figura de la pintura alemana Paula Becker, un trabajo de largo aliento y que siguiendo el cauce del biopic al uso sabía hacerse fuerte y encontrar vértices más puntiagudos en los vaivenes emocionales de la pintora, sabiendo cómo enlazarlos con su obra artística. ‘Maudie’ es en este sentido mucho más blanquecina en su propuesta al estar asida al concepto de espíritu de superación y contraponer la pequeña gran figura de la pintora canadiense Maud Dowley a la de su marido. Ambientada en los años 30, la de Aisling Walsh es una película de personajes más que de situaciones, muy estática e incluso el tema artístico queda en un segundo plano, confinado a los trazos de esas paredes que delimitaban el hábitat de la pareja. 

Al contrario que Paula, que buscó en París la libertad que no tenía en Alemania, a Maud no le hizo falta salir de esos muros de su minúscula vivienda para reivindicarse como mujer y como artista. La película se configura así de inicio como una íntima historia de superación en la que no falta un largo catálogo de humillaciones, malos tratos o abusos, siempre en esa frontera que no la haga demasiado desagradable. Ahí está para equilibrar esa dureza el optimismo infatigable de la protagonista y esos secundarios que oscilan entre la extrema acidez y la amabilidad sin límites. La clave para lidiar con esos extremos es el marido, encarnado por Ethan Hawke, personaje que como el de Sally Hawkins es carne de premios, sin que suponga eso ni elogio ni crítica. Entre gruñidos, algún bofetón y malas contestaciones se dejan ver esas briznas de humanidad, la emoción que fuera de esos instantes le falta a este producto de impecable manufacturado por otro lado. 

En ‘Maudie’ una vez más el valor testimonial supera al cinematográfico. La pintura queda confinada en los márgenes para centrar su espesor en esa relación, sin la cual, a pesar de todo, se determina que quizá Maud no hubiera sido capaz de expresar con un pincel todo lo que palpitaba en su interior. Watkins sabe recoger ese espíritu ‘naif’ de la autora. Consigue sonrisas y ternura cuando debería haber lo contrario y ese es un mérito que eleva su trabajo y hace de ‘Maudie’ una propuesta unos puntos por encima de su riqueza reivindicativa.  

RAFAEL GONZÁLEZ

viernes, 7 de julio de 2017

'EL MOTEL DEL VOYEUR'. Curiosidad en exceso alargada




CRÍTICA LITERARIA

'El motel del voyeur'
Autor: Gay Talese
Editorial: Alfaguara
Año: 2017
Páginas: 234


Leer a Talese siempre es grato. Su facilidad expositiva, originalidad y talento en la redacción dejan constancia de todas las puertas que abrió a cierto tipo de periodismo y la influencia que causó en muchos periodistas. No debemos olvidar, por citar solo a uno, a J.R. Moehringer. ‘El motel del voyeur’ no es ni por asomo uno de los grandes títulos del escritor estadounidense. La anécdota es apasionante, de eso no hay duda y más si se atiende a la cultura del mirón que cada vez se extiende sin freno gracias al avance de las tecnologías. El mirar lo prohibido siempre resulta estimulante y como tal, el tema comienza siendo interesante. ¿Da para un libro de 234 páginas? Talese puede escribir el número de hojas que desee que se leerá bien, otra cosa es que el propio tema soporte una extensión injustificada. 

Todo se inicia con unas dudas más que razonables del propio Talese por saber si la historia puede tener algún tipo de interés o no. Estas incógnitas se repiten a lo largo de la narración debido que en no pocas ocasiones, se cuestiona y mucho, al propio voyeur que le suministra la informaciñon por todas las imprecisiones y contradicciones que expone. Foos, que así se llama el mirón, relata dónde y cómo construyó sus lugares “especiales” para poder disfrutar de la intimidad ajena. Al llevar un diario del estudio que venía realizando sobre la sexualidad americana y los diferentes tipos de comportamiento en la soledad de la habitación ofrece a Talese gran parte del material del libro. Hubiese sido más adecuado que la autoría fuese conjunta. En diferentes capítulos, las intervenciones del periodista son demasiado escasas. No se ocultan detalles del tipo de relaciones, tamaños, orgasmos, eyaculaciones, pechos, masturbaciones y hasta un asesinato. ¿El lector debe creer todo lo que se le transmite? Difícil. También, el autor de ‘Los hijos’ describe la vida del mirón, pero esto tiene poca cabida en el planteamiento del libro. Es más un recurso para rellenar páginas que algo que la historia demande. Sus mujeres, su pasado como deportista, la guerra, su infidelidad, su perversión… 

‘El motel del voyeur’ podría tener validez como un reportaje de 30 páginas. Como libro dista de ser compacto por mucho que siempre resulte delicioso leer a una persona con el talento de Gay Talese.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

jueves, 29 de junio de 2017

'PASTORAL AMERICANA'. Más tristeza para Roth



CRÍTICA DE CINE

'Pastoral Americana' (Ewan McGregor. Estados Unidos, 2016. 126 minutos)

De todos los novelistas americanos de la actualidad, el más sencillo para adaptar probablemente sea Philip Roth. Sus novelas poseen claridad, fuerza y unos diálogos perfectamente construidos que apenas necesitan modificación para su acomodo al medio cinematográfico. Viene siendo una norma que cada vez que cada vez que se apuesta por una de sus novelas el resultado diste mucho de la realidad, salvo la extraordinaria ‘Indignación’ (2016) y ‘Goodbay, Columbus’ (1969). El resto han sido lamentables. 

El debut en la dirección de Ewan McGregor es decepcionante, un proyecto que nació ya corrompido por pasar por diferentes manos y que ninguna aportase la calidad necesaria para que la película tuviese el empaque necesario. También la dirección recaló en McGregor de rebote y éste ha intentado salir airoso de una batalla que nació perdida. Los motivos por los que se ha decidido prescindir de gran parte de la historia no son comprensibles. La novela de Roth es extraordinaria. La adaptación es muy mala. No parece que hayan dedicado mucho a releer y a trabajar sobre un guion vacío y perdido de la intención original. No basta con rescatar momentos buenos si estos no se construyen adecuadamente. Tampoco prescindir de otros sin aportar nada a cambio.

‘American Pastoral’ tampoco posee una dirección que vaya más allá de lo común. McGregor resuelve la papeleta sin más. No es incorrecto en su propuesta pero carece de vida. Con esta película no se puede dilucidar si tendrá carrera como director o no. Resulta fascinante en la historia el papel que representan las mujeres, concretamente la hija del protagonista, Sueco Levov. Las mujeres podían actuar sin la clara amenaza de ser reclutadas y convertirse en soldado. Este aspecto es crucial en el desarrollo de la historia, cuanto menos en el origen, pero tampoco se detienen mucho. ¡Qué pena no desarrollar más un personaje como Levov! Su dolor solo se dibuja pero no se ahonda en él. Los atentados, el no a la guerra, la distancia, la búsqueda, la decepción… nada de eso está en la película. ¿De qué sirve enunciar solamente? La pérdida insoportable no tiene calado. Tampoco se juega con ese guiño que el propio Roth realiza a su alter ego Zuckerman. 

Cuando no se trabaja una adaptación el resultado no es coherente. En el campo interpretativo tampoco puede elogiarse mucho la frialdad por la que se ha optado. Resulta cómico que ambos protagonistas apenas envejezcan por muchos años que pasen. Este pequeño detalle resta aún más verosimilitud a todo lo expuesto. 

El acierto de la película es la fotografía. Martin Ruhe sí parece haberse impregnado de esa luz oscura que reina en la vida de los protagonistas. Es el único apartado técnico junto al vestuario y a la dirección artística que sí dota de entidad a lo que se pretende plantear en la novela.

La tragedia acompaña en el personaje por ese radical odio de su hija a Estados Unidos sin tener un desarrollo correcto. Los momentos más emotivos que serían los enfrentamientos entre padre e hija ofrecen muy poco. Newark se esboza pero no es el personaje que reclama ser. 

Todo es difuso y no ha habido fuerza. Si se adapta que se haga con criterio, si no, es mejor dejar las novelas tal y cómo están.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

lunes, 26 de junio de 2017

'CARTAS DE LA GUERRA'. Amor, colonialismo y escritura



CRÍTICA DE CINE

'Cartas de la guerra' (Ivo Ferreira. Portugal, 2016. 105 minutos)

‘Cartas de la guerra’, como la literatura de Lobo Antunes, va ganando terreno lentamente, sin prisas ni golpes de efecto. Habrá quien se quede en el camino, vencido por la impaciencia del que aguarda que la ruta le esconda puntos de inflexión, giros dinámicos o algo de acción, cuando si uno se  fija la convulsión de lo narrado en pantalla ocurre por dentro a modo de terremoto devastador. El director Ivo Ferreira ha logrado con este largometraje algo muy complicado, descifrar en imágenes el contenido de las cartas que durante dos años el escritor portugués, destinado a la guerra colonial en Angola, enviaba a su mujer, que le aguardaba en Lisboa embarazada de cuatro meses. No solo eso, porque este trabajo consigue hacerse valer en su tratamiento de asuntos históricos, como crónica de una cruenta guerra de descolonización, íntimos, con esa intensidad del primer amor que todo embellece y hasta literario, avanzando en la creación de un escritor de primera fila de la literatura contemporánea. 

Ferreira opta por lo clásico tanto en el tratamiento estético como interpretativo. El blanco y negro de la fotografía confluye con la lectura de las misivas, casi ya un anacronismo la escritura a mano y su uso en tiempos actuales. Es la correspondencia la que retrata al protagonista, médico idealista al principio de la epopeya, hombre desesperado y plenamente consciente de su progresiva pérdida de razón al final de esos dos años que se asemejan a una condena. El director ensambla con fluidez lectura e imagen. El hecho de que la voz de ella sea la que lea algunas de estas cartas, alternando con las palabras del escritor, se constituye un acierto, alejando lo que podría caer en la reiteración. Esa suavidad que se transmite en lo oral encuentra contraposición en la fisicidad de la imagen, una Angola dura, sin apenas sonrisas, con mucho sudor, largas caminatas y horas de soledad. Ni siquiera, como suele ser habitual en filmes de este rango, se abusa de la camaradería entre soldados. Apenas se relacionan entre ellos, ensimismados en la supervivencia del día a día y en tratar de responder a algo sin que se les haya cuestionado, apresados todos ellos por una intensa melancolía que les va dinamitando por dentro. Hay detalles que demuestran que esa poética de la imagen y la voz en off se ha sabido trasladar al guion, como esos soldados que asisten a una proyección cinematográfico cuyo guion van murmurando al mismo tiempo de lo que acontece en pantalla, un asidero para salvarse de esa mortal rutina de duración indeterminada. Estamos, sin duda, ante una película de atmósferas y llena de sutiles guiños. 

Valores cinematográficos al margen, ‘Cartas de  la guerra’ resitúa a Lobo Antunes, uno de los escritores contemporáneos más interesantes y al mismo tiempo pone el ojo en la guerra de descolonización de Angola, trece años de guerra de guerrillas sutilmente definidos en pantalla por Ferreira en la escena del asalto a la aldea, un fuera de plano que no resta violencia al conjunto. Adaptación, por lo tanto, fiel y exigente que refuerza al Lobo Antunes escritor y al mismo tiempo al ser humano enamorado en general y al tipo normal lanzado a un contexto cuyos códigos desconoce, como tantas veces sucedió en esos últimos estertores de la colonización.   

RAFAEL GONZÁLEZ 

viernes, 23 de junio de 2017

‘CRISIS IN SIX SCENES’. Allen siempre vence

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CRÍTICA DE SERIE
 
‘CRISIS IN SIX SCENES’ ( Director: Woody Allen. País: Estados Unidos. Duración: 25 minutos. Año: 2016.)


Tras una película tan decepcionante como poco alleniana, ‘Café Society’, el director neoyorquino ha decidido reencontrarse con aquel yo anterior. ‘Crisis in Six Scenes’ es un disparate delicioso en el que se vuelve a primar el gag por encima de la historia como ya ocurriese en sus inicios como cineasta. El mero hecho de que sea el propio Allen el protagonista de la historia ya dota a la misma de un significado importante y más teniendo en cuenta lo poco que le gusta actuar últimamente. 

Una serie era una de las pocas cosas −quizá la única si no tenemos en cuenta la escultura− en la que Allen no había probado suerte. El cine, el teatro, la ópera, el dibujo… habían aportado resultados igual de exitosos en su carrera. Una serie no deja de ser algo osado y más si atendemos al fenómeno que se ha creado desde hace ya demasiados años. ¿Qué necesitaba demostrar este “hacedor” de historias? Nada. Amazon, con su chequera repleta, supo tentarle y hacerle sucumbir para que se adentrara en ese curioso mundo de los episodios. ¿Realmente era algo nuevo para Allen? Se podría considerar que no si atendemos a lo que han sido no pocos filmes suyos concebidos como pequeños capítulos dentro de una temática. Sí resulta algo diferente el tipo de historia en el que ha decidido centrar estos seis capítulos impregnados de homenajes y autoplagios. 

Resultado de imagen de crisis in six scenesMuchas son las críticas que Allen ha vertido sobre la tensión que le ha causado el rodaje de la misma. Suena más a llanto tramposo que a realidad. Cada episodio es una sucesión de momentos divertidos o hilarantes en el que toda esa aparente formalidad temática se vuelve tan alocada como sensible. Todo se sitúa en los años 60. Sidney y Kay forman un matrimonio peculiar. Ella, consejera matrimonial, y él, escritor −nuevamente obsesionado por esa gran novela que debe escribir−, aunque al comienzo de la historia está muy centrado en vender una serie a la televisión. El matrimonio lleva una vida tranquila y agradable hasta que una noche el pasado, envuelto en joven revolucionaria, hace su aparición en casa. Ese es el momento en el que el ingenio de Allen campea a sus anchas por cada secuencia. No busca complicarse lo más mínimo. Conoce el camino del humor y guía al espectador por unos derroteros grotescos y entusiastas.

No hay un solo elemento que no sea reconocible. Su forma de lidiar con su nueva inquilina, la neurosis, el terror, el absurdo y el enfrentarse a problemas innecesarios aportan a cada capítulo un ritmo trepidante. La duración es perfecta. Ningún capítulo supera los 25 minutos y logra poner el gancho para que se acuda al siguiente con premura. El poder que tiene Woody Allen en pantalla es fascinante. Es capaz de dotar a cada una de sus pulsiones un nuevo reto vital. Es el mismo personaje que se le ha visto en tantas y tantas películas, pero consigue darle una intimidad que lo convierte en único. Ya sea en una peluquería solicitando al peluquero el look de James Dean, en el médico con su neurosis por el dedo pulgar, por esa úlcera que no han diagnosticado porque no la han encontrado, jugando a ser un mentiroso con un policía, o decepcionado al ser confundido con Salinger consiguen que, pese a no tener una trama que vaya más allá de lo curioso, resulte efectiva. 

El reparto que ha conseguido reunir vuelve a ser extraordinario. Las dudas que podía suscitar la aparición de Miley Cirus se ven despejadas a los pocos minutos. Es capaz de ser un elemento interesante y, tan contrario a él, que en ese contraste reside el éxito de lo que propone la historia. La verdadera triunfadora de la serie es Elaine May, que realiza el papel de su mujer. Su anterior colaboración con Allen ya fue un éxito en la irregular ‘Granujas de medio pelo’ (2000), pero es su papel de mujer, terapeuta y “revolucionaria” en donde consigue la mayor hilaridad de la propuesta. Sabe llevar a su marido mediante argucias y engaños dulces que siempre buscan un fin. Los momentos en la consulta, con esas parejas abocadas al fracaso emocional junto con las amigas ancianas que conforman el club de lectura, son instantes colosales. El personaje evoluciona hacia una revolución intelectual con Mao a la cabeza que no deja de ser un auténtico dislate brillante.

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El comunismo en la mira de la escopeta, el deseo de que esa inquilina revolucionaria se marche, el hechizo sufrido por el hijo de unos amigos íntimos que está alojado en casa de Kay y que cae rendido ante los encantos de esa mujer kamikaze suman a todo lo que ya estaba expuesto. El hecho de enamorarse de una mujer con la que se conoce de antemano el fracaso recuerda a ese Woody, personaje de tantos títulos, que caía rendido sin remisión ante esas mujeres frenéticas, ‘Maridos y mujeres’ (1992). Los momentos en los que la intriga hace su aparición llevan a no pocas escenas de ‘Misterioso asesinato en Manhattan’ (1993). El homenaje más extraordinario es, una vez más, a los hermanos Marx, concretamente a la escena del camarote de ‘Una noche en la ópera’ (1935). En eso acaba transformada la casa en la que viven. Cada visita, más extraña y sin sentido. Una maravillosa conjunción de obsesiones −micrófonos en los burritos−, deseos, miedos, comidas, más deseos, fracasos y escritura.

La dirección de Allen es muy sobria y eficaz. Emplea el plano secuencia con elegancia, demostrando que las composiciones que realiza son efectivas y no aburren. Es muy importante que un plano secuencia sea capaz de mantener esa tensión que se debe unir al ritmo interno de la secuencia para que el mismo no resulte tedioso. Se reserva planos muy llamativos para sus expresiones y todo se agiliza con un montaje muy ilustrativo y dinámico. La dirección de fotografía es elegante y se impregna de ese espíritu alocado que mantiene cada capítulo. Eigil Bryld es un amanuense dotado de talento para manejar esas luces que transitan por el clima de la escena, algo no tan común en algunos proyectos televisivos.

‘Crisis in Six Scenes’ es una historia con personajes reconocibles que consiguen proporcionar una sensación tan cercana que sus múltiples carencias, en lo que se refiere a efectos dramáticos, no tienen importancia alguna. El hombre de Brooklyn ha confeccionado su producción más divertida desde su notable película ‘No te bebas el agua’ (1994). No hay un solo director en la actualidad que sepa reencontrase en tantas ocasiones como Woody Allen. Será el tiempo el que confirme que logró crear un estilo nuevo dentro del panorama cinematográfico −por mucho que a él le pese−.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

martes, 20 de junio de 2017

'RICARDO III'. Ritmo, sudor y talento sin redondear



CRÍTICA DE TEATRO

'Ricardo III'
Autor: William Shakespeare
Versión: Jack Gamble, Jonathan Powell y Greg Hicks
Dirección: Mehmet Ergen
Arcola Theatre London
Teatro Salón Cervantes (Alcalá de Henares), Inauguración Clásicos en Alcalá

La propuesta de este 'Ricardo III' sugiere la suciedad de esa alma corrompida que se ahoga en su propio éxito. Partiendo de una escenografía a base de sillas y espejos, el texto vuelve a dejar patente lo sencillo que resulta situarlo en cualquier lugar y momento. El vestuario refuerza esa atemporalidad planteada. La cadena que une el pie con el brazo de Ricardo, sus ropas, la daga, los libros que leen, todo está encaminado a ese instante sin tiempo. 

El ritmo de toda la primera parte es dinámico y las transiciones son originales, se enuncia la siguiente escena con la aparición al fondo de los actores. Es hábil esa idea porque no resta, pero sí pierde inmediatez. Los actores defienden sus roles con entereza. Greg Hicks, uno de los actores 'shakespearianos' por excelencia, compone un buen Ricardo pero le falta empatía para terminar de conectar. No solo se trata de la propuesta de dirección -muy respetable-, el propio actor -no olvidar jamás su excelso ‘Coroliano’- no termina de sacar el jugo necesario para que esa maldad y ese encanto sepan conjugarse del modo adecuado. Los aparte propuestos son buenos, pero no están llevados a unas últimas consecuencias y las escenas grupales no tienen la misma fuerza. El problema en este caso es la adaptación. La obra tiene tantos matices que hay que saber bien dónde y por qué cortar para tener mayor calado. Se combinan demasiadas escenas largas con otras ágiles, triunfando las ágiles porque las largas no se justifican. El destiempo llega a ser demasiado constate. Esto sucede más en la segunda parte, en la que el ritmo se ralentiza y pierde mucha de la frescura expuesta en todo el primer tramo. Se hace hincapié en el humor que posee la obra y es algo que consigue dinamizar todo ese engranaje de corrupción. La escena de seducción con Lady Anne va en aumento y sí, por fin, resulta verosímil, zalamera y cruenta. No se saca mucho partido al papel de Margarita, una pena, debido a que es el oráculo el que expone la verdad. Sus palabras son esos cuchillos que mutilan cuerpos. El reparto entero es notable. Destacar a uno por encima sería terriblemente injusto. 

El juego de la escenografía casi desnuda es muy acertado. Las transiciones son ágiles y en combinación con la música, consigue que funcione. La iluminación, aunque es correcta, tiene momentos de excesiva luminosidad que no se comprenden bien. La parte final es casi un chiste y pierde mucho de lo ganado hasta el momento. No obstante, se puede aseverar que el dinamismo que ofrecen los grupos ingleses con Shakespeare es algo tan excepcional como brillante. Buen ‘Ricardo III’,  pero no redondo y lejos de estarlo, pero bueno, eso es otra historia. Lo visto es una muestra de calidad y eso siempre se agradece, y más, en un verano de descontento y asfixia.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ