viernes, 15 de septiembre de 2017

'ENSAYO'. Rambert da vida a los Kamikazes

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CRÍTICA DE TEATRO

'Ensayo' 
Autor y director: Pascal Rambert.
Teatro Kamikaze (Madrid).

Tras una primera temporada con más sombras creativas que luces, comienza una segunda con un sugerente texto del francés Pascal Rambert. Si ya provenía de un éxito considerable con su sobrevalorada ‘La clausura del amor’, este texto supone un paso más en su creación dramática. 

‘Ensayo’ se divide en cuatro falsos monólogos -falsos en cuanto a que existen en algunos momentos pequeñas intervenciones a lo largo de los mismos- La decepción es la primera piedra en el engranaje creativo que propone el autor/ director. Sobre el mismo todo se articula. Quien da el pistoletazo de salida es Fernanda -Orazi-. Su interpretación siempre es buena. Algo desmesurada en momentos concretos, pero es debido al texto que no le acompaña en su buen hacer. El abuso de las metáforas no ayuda a que el mismo -el más largo de los cuatro- tenga el empaque que la actriz y sus emociones parecen buscar. Todo viene de una infidelidad a partir de ahí, todo es posible.

 El desencadenante sentimental es el que hace temblar una estructura exitosa. Los cimientos de la amistad, el amor y una misma filosofía parecen derrumbarse. El Pascal autor se adentra con inteligencia en la semiótica teatral sin resultar cargante. Eso ya es todo un logro. La segunda en tomar la palabra es María -Morales-. Su interpretación también es sobresaliente. Consigue transitar por todos los espacios de la emoción que posee su personaje. Esto se acompaña con un texto más directo que el introductorio. María siente y es valiente. No tiene miedo a mostrarse cómo es. Todas las cartas están sobre la mesa de trabajo. Ya nada hay escondido. Es un juego muy Strindbergriano. Dos parejas, una infidelidad, el deseo oculto, el amor, la pasión, la creación y la omnipresente decepción. ¿Qué se pretende con la verdad? Nada queda debajo de la alfombra. No hay vuelta atrás. Tal y cómo sucedió tras el primer monólogo, María también termina tumbada en el suelo tras las lágrimas.

La tercera comparecencia es el dramaturgo y el causante de los celos y de la previsible separación. Su intervención es magnífica y conspicua. Jesús -Noguero- no se justifica. Es un artista que lucha por lo que es él y él es su obra. Lo demás está por debajo. Jesús realiza un trabajo impecable. Es capaz de tener intimidad con los tres personajes. Habla desde la furia del creador. Un egoísmo reconocido y que no disimula son los que proporcionan esa fuerza en su discurso. Posee destreza en sus embestidas. Ya no hay miedo. Todos asumen lo que ha sucedido. Son años de trabajo juntos. Años de desarrollar una estructura que se queda sin sujeción. ¿Dónde irá todo?

El cuarto monólogo es el del director. Su muestra de violencia incontrolable inicial es injustificada   inverosímil si se atiende al tono de su discurso. Isra -Elejalde-que destaca en las escuchas y en las acciones comedidas de sus tres compañeros, a la hora de soltar su intervención es el más flojo. Parece no pertenecer a la obra y a la problemática que les enfrenta a los cuatro personajes. Tampoco ayuda que Elejalde no ofrezca ningún arco emocional para su personaje -y tenía muchísimos argumentos para mostrarlos sin caer en la sobreactuación-. Es demasiado lineal y no se aprecia evolución alguna. Su forma de interpretar no ofrece matices diferentes a los que ya se vieron en ‘Hamlet’ o en cualquiera de sus trabajos anteriores.

La apuesta textual es notable, pero termina asfixiándose en un discurso que no tiene fuerza alguna. ¿A qué viene ese reclamo a los jóvenes? No posee empaque esa apuesta por desviar la atención de la problemática inicial. No existe consistencia. La ruptura con la cuarta pared que propone es interesante y tiene su explicación en ese experimento metateatral que ofrece. Los cuatro protagonistas son miembros de una misma compañía con un proyecto en ciernes. Se habla del texto en el que trabajan -siempre presente- y todo el proceso de investigación que les ha llevado al instante de la función. Hay partes de ese texto y sus personajes hablan y se preguntan. Los elementos políticos con ecos del pasado no terminan de concretarse, de ahí que no tengan el empaque necesario para ser parte presente en la función. También sus reflexiones como actores pueden ser sugerentes a la hora de analizar esas opiniones sobre lo que puede suponer formar parte del teatro.

La iluminación y la escenografía son muy funcionales. No se necesita más. Quizá hay bastante escenografía que no se usa, pero lo que se busca es reflejar un lugar de trabajo de cuatro personas que formaban un todo y que ya van a dejar de ser lo que fueron No hay vuelta atrás. Un momento muy destacado es el número musical en el que Isra y Fernanda bailan y cantan ‘De amor ya no se muere’ de Gianni Bella. Es el interludio musical que Rambert, como ya hiciese con la ‘Clausura del amor’ en forma de coro, introduce en la mitad del espectáculo.

‘Ensayo’ es una propuesta buena, pero se pierde en instantes textuales que restan fuerza al conjunto, pero es digna de mención por su combinación de filosofía, teatro, fracaso y creación.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

jueves, 14 de septiembre de 2017

'A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS'. Buenas ideas venidas a menos


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CRÍTICA DE CINE
 
‘A propósito de Llewin Davis’ (Joel Coen, Ethan Coen. Estados Unidos, 2013. 105 min.)

Los exitosos hermanos Coen suelen bandearse entre películas buenas,  ‘Muerte entre las flores’, malas, ‘Crueldad intolerable’, ingeniosas, ‘Quemar después de leer’, y otras  que pretenden marcar una tendencia y que terminan perdiéndose en productos pretenciosos pero con un origen interesante. ‘A propósito de Llewin Davis’ puede englobarse en este último apartado. Fantasear con el folk antes de su gran boom es un punto de partida más que notable. Centrar la acción en un cantante que no logra dar el salto y se dedica a extorsionar a amigos en busca de un sofá dónde dormir también es interesante. El problema reside que las anécdotas que han decidido explorar de esta persona en unos pocos días de su inestable vida son tremendamente irregulares. 

La idea de cómo es su personalidad y sus pretensiones como artista quedan muy claras, pero estas quedan diluidas en una serie de gracietas demasiado largas, como es el viaje en coche, que parece más un guiño de amigo para sacar a John Goodman, que para que la historia avance. Eso convierte la historia en algo discontinuo. Más interesante resulta todo aquello que tiene que ver con la música y asistir a su modo real de subsistencia por medio de ciertas migajas y encargos de dudosa calidad. El camino de la búsqueda es tan complicado que ya no queda más que un egoísmo que destroza a quienes dan cobijo a ese alma en pena que no cree en nada más que en el aprovechamiento ajeno en busca de un único fin.

La dirección de los Coen es notable y la fotografía de Bruno Delbonnel es excelente. Sumergirse en los claroscuros de una personalidad confusa y rendida está conseguido con mucha habilidad. Esos paisajes fríos y hostiles consiguen que se desee transitar por los mismos por poseer ese atractivo por lo desconocido tan habilmente retratado. Oscar Isaac compone un personaje desagradable. Su interpretación es notable y aunque no se consiga empatía con el personaje, sus motivaciones quedan patentes en sus miradas o sus cambios de humor dañen a quién dañen. Carey Mulligan resuelve su papeleta de modo solvente al igual que Justin Timberlake. Se agradecen algunos momentos de humor, pero ‘A propósito de Llewin Davis’ se queda en una cierta superficialidad innecesaria cuando la historia en sus comienzos parecía sentar unas bases exquisitas que lamentablemente se fueron perdiendo. Aun así, si atendemos a la filmografía posterior de los Coen, se comprenderá que está muy por encima de lo que vino después.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

lunes, 4 de septiembre de 2017

'LA URUGUAYA'. Jugando con Joyce en la cabeza

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       CRÍTICA LITERARIA

       ‘La urguaya’                                                                                     
        Autor: Pedro Mairal.
        Editorial: Libros del Asteroide.
        Páginas: 144



La novela de Pedro Mairal se puede leer de un tirón. Eso se agradece y más en los tiempos actuales en los que se apuesta por novelas de extensiones infinitas para que las mismas tengan algo de reconocimiento. ‘La uruguaya’ viene precedida de un notable éxito que cuesta comprender una vez leído el texto. Su temática no posee ninguna originalidad. Tan solo el primer capítulo podría considerarse desbordante de talento e ingenio. El resto no está a la altura. Lo que se sugería como una novela perspicaz y sumamente original se pierde en demasiados lugares comunes que unidos a la previsibilidad de una resolución anunciada, consiguen que el texto pueda ser más bien un cuento alargado. 

El deseo como motor se ve envuelto en demasiados anhelos e invenciones que buscan una huida de la rutina. Ese deseo se perturba por las propias pistas que va proporcionando el escritor para que el final tenga algo de sentido. Todas estas advertencias condenan a una resolución demasiado anticipada. La crisis de los cuarenta, un escritor en busca de un adelanto, un recuerdo, una relación clandestina, los celos, el alcohol, la escritura, el ser padre, la decepción, la mentira, la carga vital y el autoengaño. Todos estos elementos se dan cita en el texto de Mairal pero de un modo muy desigual. 
 
El empleo de la segunda persona es uno de los mayores aciertos del libro junto con el primer capítulo. Confiere a lo establecido una intimidad muy estimulante pero el propio tono es difuso en muchas de sus páginas. No mantiene su fuerza en demasiados instantes y eso nuevamente lastra el resultado final. La idea del ‘Ulises’ de Joyce planea por toda la obra. Se narra un día completo en la vida de una persona con todos los detalles que puede aportar. Este “homenaje” a Dedalus, no lo disimula el escritor que habla de escribir su “Ulises”. Es una impostura que ofrece cierta diversión para ver hasta dónde puede llegar, que no es mucho, pero sí es un juego sugerente.

Casi toda la acción transcurre en Uruguay y sirve bien para contrastar con esa “rivalidad” existente entre argentinos y uruguayos. En esta ocasión son las expectativas las que van de la mano del protagonista. Se busca una empatía que se consigue, pero que no va más allá. La misma puede aplicarse a la amante que, igualmente, queda varada en una decepción tan anunciada que pierde toda la fuerza.

Es inteligente la aparición de la lírica en la narración. Funciona porque es en momentos muy concretos que no consiguen dilatar su objetivo narrativo. Mairal maneja el lenguaje con precisión, de ahí que todo su estilo sirva para que fluya su planteamiento, otro asunto es lo que relata. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

martes, 15 de agosto de 2017

'EL PERDÓN Y LA FURIA'. Obsesión, sangre y muerte




CRÍTICA LITERARIA

'El perdón y la furia'
Autores: Altarriba&Keko
Museo Nacional del Prado
Páginas: 60



El perder toda conciencia por un objetivo a investigar suele ser un tema tan fascinante como recurrente. Altarriba y Keko como ya hiciesen con ‘Yo, Asesino’, retornan al mundo del arte y a sus profesores para desarrollar una trama tan obsesiva como asfixiante. Introducir el género negro en el arte es algo perfectamente comprensible. La historia ya posee demasiados recovecos y puntos suspensivos que llevan a que la imaginación recorra sus caminos y fabule -o no- por esos senderos sin respuesta probada. 

La figura de Ribera es abordada de un modo que incita a investigar más sobre lo que fue su trabajo. La concepción de ‘Las Furias’ y todo el enigma que les acompaña se plasma con brío. El guion no huye de elementos teóricos, pero no abusa. Son indispensables y más teniendo en cuenta que es un profesor su protagonista. Ribera como pintor religioso motivado por la mística o formalista con peculiares perspectivas. De todo ello se trata y de un elemento político siempre presente en ‘La furias’: cuadro que castiga a los que se enfrentan a los dioses, con el calado que eso podía tener en los habitantes del momento. El cómic despliega numerosas teorías, dejando de manifiesto el acercamiento de Ribera a Caravaggio. Geometría, magia, todo tiene su espacio en estas sesenta páginas. 

Los líos en los pasillos de la facultad, las teorías, las doctrinas, las amenazas y los engaños no pueden estar ausentes y más si se refleja el entorno universitario. La combinación de guionista y dibujante es excepcional. Los dibujos transitan por el dolor y la amargura, con pinceladas de color, vísceras, náuseas, muertes y más muertes. Todos esos oscuros y esas expresiones sangrantes dotan de más entidad a esa angustia interna que atraviesa un protagonista en búsqueda continua. Curiosamente existe también un proceso de quijotización en la figura de Osvaldo. Puede existir también una vaga referencia al cuento borgiano ‘Pierre Menard, autor del Quijote’ El arte por encima de todo y a cualquier precio. La obsesión del protagonista liga a la perfección con la novela de Simon Critchley, ‘El teatro de la memoria’, y toda esa “neurosis” que acompaña al también profesor universitario. 

‘El perdón y la furia’ es una novela gráfica, cómic, o como desee llamarse, notable. Arte, femme fatale, historia, hipótesis, pintura, sudor, desnudos y traiciones, se combinan para formar un volumen altamente recomendable.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 29 de julio de 2017

'BABY DRIVER'. Cuento dulce sobre el crimen



CRÍTICA DE CINE

'Baby Driver' (Edgar Wright. Reino Unido, 2016. 115 minutos)

Nos encontramos frente a un gran espectáculo cinematográfico, inédito hasta ahora, gracias a sus escenas de acción, sus originales diálogos y al acompañamiento musical de lujo con el que cuenta la película.

Se podría decir que su director, Edgar Wright, ha creado un nuevo género en el séptimo arte. ¿Que incluye temas de fondo que son maravillosos para cualquier oído melómano? No, no es eso exactamente. ¿Que los protagonistas se ponen a cantar y a bailar cuando suena la música? No, eso sí que no. ¿Que la música es fundamental para que la película avance en cada secuencia, en cada plano? Sí, es justo eso.  Baby, el protagonista, necesita las canciones de su(s) iPod(s) no solo para existir, ni para aliviar una dolencia física, sino que no da un paso adelante si no es con la música apropiada para cada momento, ya sea alegre, emocionante o triste. Y lo mejor es que no solo la escucha él, sino todos los espectadores, que descubren mientras va avanzado el metraje, que son los diálogos los que están detrás de la banda sonora, y no al revés, como es lo habitual. Cuando uno es plenamente consciente de lo que ocurre, no hace falta ser muy avispado para comprobar que cada movimiento de los actores, cada pirueta que realizan los coches o cada disparo de un tiroteo, coinciden a la perfección con las notas y los acordes de las canciones, consiguiendo elevar a la cinta hasta un nuevo nivel nunca antes explorado en la gran pantalla.

Tanto el contenido de la película como su estética, consiguen que desde la butaca se pueda retroceder en el tiempo, ya que aunque la acción se desarrolle en un entorno contemporáneo, da la sensación de que en realidad son los años 50 plasmados en una película creada en los 80. Buenos ejemplos de todo esto son la cafetería americana, la grabadora, los automóviles o la pasividad de los personajes femeninos en sus actos y aspiraciones. Incluso la historia de amor que nos muestran tiene ese toque infantil de algunos clásicos como ‘Grease’, ‘Dirty Dancing’ o ‘Vacaciones en Roma’, en el que el amor es puro y sencillo desde el principio y nada importe excepto su futuro como pareja. Tanto esto como algunos diálogos que rozan el esperpento, pueden hacer que el film pierda algo de credibilidad, aunque realmente es el objetivo que tiene, ser un cuento. Un cuento con su protagonista, su princesa, sus antagonistas y sus aprendizajes.

Ansel Elgort es el encargado de dar vida a Baby, personaje que desprende un carisma bastante especial y diferente al papel que tenía en la saga ‘Divergente’, sobrio, aburrido, sin sangre. Aquí nos demuestra que puede tener chispa en pantalla, aun interpretando a un chico solitario, marcado por la tragedia y al que le gusta hablar más bien poco.

Los personajes secundarios hacen que la trama avance de una forma más dramática de lo que le gustaría a Baby, pero no están del todo desarrollados e incluso se echa de menos un poco más de profundidad en algunos de ellos, ya sea Kevin Spacey y su papel de jefe cruel/bondadoso o Jon Hamm, haciendo de delincuente encantador/psicópata. Solo Jamie Foxx consigue hacer que su personaje nos demuestre lo que es desde el principio, aunque está muy llevado al extremo. El amor de Baby es interpretado por Lily James, que aporta bastante dulzura a la trama, pero que en muchos momentos parece que sigue interpretando a la Cenicienta en aquel remake de acción de real que hizo Disney en 2015.

En definitiva, Wright ha hecho de ‘Baby Driver’ la mejor de sus películas, con muchos ingredientes para entretener, emocionar, reír, mientras contemplamos gran cantidad de larguísimos planos secuencia realizados a la perfección y olvidamos el surrealismo de ‘Scott Pilgrim contra el mundo’, una de sus anteriores películas.

DAN CÉRBER

domingo, 23 de julio de 2017

'LA VAGA AMBICIÓN'. Sin la crueldad que puede suponer la creación




CRÍTICA LITERARIA

'La vaga ambición'
Autor: Antonio Ortuño
Editorial: Páginas de Espuma
Páginas: 118



A Antonio Ortuño no le ayuda especialmente la sinopsis de la contraportada, que es excelente, pero tiene muy poco que ver con lo que se desarrolla en las páginas. La escritura de Ortuño es poderosa pero las tramas que acompañan a algunos de los relatos no resultan compactas. No importa que el protagonista sea el mismo en casi todos los relatos, no existe ese empaque de cohesión necesario para que formen parte de una vida. Es cierto que hay referencias, pero las mismas carecen de la fuerza suficiente. A veces no sirve con repetir nombres o mentar a los mismos familiares.

Se echa en falta el dolor que puede provocar en ocasiones la escritura. Ortuño juega con él, pero tampoco termina de rematar la faena. El subsistir por la escritura o por los satélites que la acompañan, sí aparece. Redunda en ello, fundamentalmente con los talleres literarios, pero tampoco se ofrece algo que case con lo que puede suponer la asfixia de no llegar a fin de mes. El protagonista y su mujer componen un mundo muy esnob y sus necesidades siempre son excesivas y difíciles de satisfacer. Esa parte de autocrítica es divertida.

Valorando los relatos, se puede remarcar el impactante golpe de efecto que posee el primero, ‘Un trago de aceite’, y cómo Ortuño no cae en lo sencillo para retratar algo macabro. Muy hábil la redacción y el modo en el que todo se relaciona para generar una herida que jamás podrá olvidarse, pero sí escribirse. ‘El caballero de los espejos’ es una sugerencia curiosa, como casi todas las que tienen al Quijote por bandera. Posee elementos crueles con la venganza sutil como telón de fondo. ‘Quinta temporada’ es un relato en el que sí se aprecian las dificultades para llegar a fin de mes -no olvidar las particularidades snobs de los personajes-. La llegada de esa oferta para trabajar en un serial famoso, el proceso de trabajo y la repercusión del éxito. Relato formado por pequeños capítulos que, aunque no son regulares en el argumento, sí reflejan diversión, mala leche y escritura a cualquier precio. ‘Provocación repugnante’ puede ser el más notable de todos. Jugar con los personajes y las ideas es llamativo. Falta algo de pegada en la trama, pero sugiere algo diferente en todo ese bosquejo de personalidades e ideas. ‘El príncipe con mil enemigos’ posee dos partes bien diferenciadas. Por un lado, la anécdota de un escritor y un suceso que le acontece y, por otro, el dolor de la pérdida. Es en este punto donde el relato alcanza mayor consistencia y disecciona retazos de rabia, impotencia, pasado y escritura. La combinación de ambos elementos no termina de funcionar, pero solo por ese aspecto tratado en la relación con la madre ya merece la pena. ‘La batalla de Hastings’ es otra mezcla de escritura, efectos del alcohol, talleres y elucubraciones, pero las mismas no se redondean. Hay una cierta desidia argumentativa que termina varando los buenos pronósticos del planteamiento inicial.

‘La vaga ambición’ se lee bien, pero ofrece mucho menos de lo que puede llegar a dar un talento como el de Antonio Ortuño.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

viernes, 14 de julio de 2017

'WILSON'. Reinventando con criterio comercial



CRÍTICA DE CINE

'Wilson' (Craig Johnson. Estados Unidos, 2017. 94 minutos)

La radicalidad que suelen poseer las historias de Daniel Clowes ha sido limada al adaptar su novela gráfica a la gran pantalla. Es capaz de tomar el original y dulcificar instantes sin que por ello la historia deje de poseer la fuerza que ya tenía en la novela gráfica. Conviene matizar que este viaje ha debido tener mayor aceptación en el público americano que la que había tenido el cómic. Clowes es un creador tan inteligente como contundente a la hora de radiografiar ciertas situaciones. La adaptación que ha escrito ha matizado todo ese comienzo ligeramente deslavazado que poseía la historia para dotarlo de una unidad dramática más convencional. 

Al propio protagonista le transforma en una persona con muchísima más humanidad. Es un pobre hombre que asiste a lo que le sucede en la vida. Se echa de menos esa maldad y ciertos instantes en los que el humor negro que poseían sus palabras dotaba de una negrura única. La película se aleja de esa radicalidad, pero no de un modo extremo. Lo transforma en un humor más convencional y lima asperezas. Lo grotesco ocupa un segundo lugar, pero los actores realizan un trabajo sobresaliente. Con un extraordinario Woody Harrelson a la cabeza toda película funciona. El impacto y esa humanización del personaje tienen más calado en esa aventura por la que transita en busca de algo que no sabía que poseía. Se descubre como alguien que no conocía.  El reencuentro con su exmujer, personaje encarnado por la siempre deliciosa Laura Dern, posee más humor que dolor. Esta parte, aunque funciona, resta tensión del original. Lo mismo sucede con la hija. Estas licencias que se ha consentido el propio autor no dejan de ser una relectura de su obra. Borges lo hizo en múltiples ocasiones. 

‘Wilson’ es una película divertida y arriesgada, pero no tanto como el cómic. La dirección es simplemente correcta. La propia historia hubiese necesitado de una puesta en escena más arriesgada para que todo tuviese un calado mayor. Historia de perdedores en las que en ocasiones encuentran algo. Aunque no es nuevo ese positivismo final que imprime a sus historias últimamente, se añora cierta crueldad de un autor único.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

martes, 11 de julio de 2017

'MAUDIE'. Coloreando libertad



CRÍTICA DE CINE

'Maudie' (Aisling Walsh. Canadá, 2016. 115 minutos)

Aparecen últimamente con asiduidad en cartelera películas centradas en un personaje femenino, de profesión artista, tormentosa biografía personal y que hace del rechazo al papel prefijado por la sociedad del momento el núcleo de lo expuesto en pantalla. Ha pasado a tendencia lo que debería ser algo que no llamara la atención, se verá si no se enclaustra en un subgénero o se trata exclusivamente de moda fugaz. Hace bien poco el cine reivindicó la figura de la pintura alemana Paula Becker, un trabajo de largo aliento y que siguiendo el cauce del biopic al uso sabía hacerse fuerte y encontrar vértices más puntiagudos en los vaivenes emocionales de la pintora, sabiendo cómo enlazarlos con su obra artística. ‘Maudie’ es en este sentido mucho más blanquecina en su propuesta al estar asida al concepto de espíritu de superación y contraponer la pequeña gran figura de la pintora canadiense Maud Dowley a la de su marido. Ambientada en los años 30, la de Aisling Walsh es una película de personajes más que de situaciones, muy estática e incluso el tema artístico queda en un segundo plano, confinado a los trazos de esas paredes que delimitaban el hábitat de la pareja. 

Al contrario que Paula, que buscó en París la libertad que no tenía en Alemania, a Maud no le hizo falta salir de esos muros de su minúscula vivienda para reivindicarse como mujer y como artista. La película se configura así de inicio como una íntima historia de superación en la que no falta un largo catálogo de humillaciones, malos tratos o abusos, siempre en esa frontera que no la haga demasiado desagradable. Ahí está para equilibrar esa dureza el optimismo infatigable de la protagonista y esos secundarios que oscilan entre la extrema acidez y la amabilidad sin límites. La clave para lidiar con esos extremos es el marido, encarnado por Ethan Hawke, personaje que como el de Sally Hawkins es carne de premios, sin que suponga eso ni elogio ni crítica. Entre gruñidos, algún bofetón y malas contestaciones se dejan ver esas briznas de humanidad, la emoción que fuera de esos instantes le falta a este producto de impecable manufacturado por otro lado. 

En ‘Maudie’ una vez más el valor testimonial supera al cinematográfico. La pintura queda confinada en los márgenes para centrar su espesor en esa relación, sin la cual, a pesar de todo, se determina que quizá Maud no hubiera sido capaz de expresar con un pincel todo lo que palpitaba en su interior. Watkins sabe recoger ese espíritu ‘naif’ de la autora. Consigue sonrisas y ternura cuando debería haber lo contrario y ese es un mérito que eleva su trabajo y hace de ‘Maudie’ una propuesta unos puntos por encima de su riqueza reivindicativa.  

RAFAEL GONZÁLEZ